¿Por qué, Señor, queriéndote tan hondo,
tan dentro de mi sangre agradecida,
a menudo descubro la guarida
del pecado tenaz donde me escondo?
¿Por qué, cuando me llamas, Te respondo
sinceramente dándote mi vida,
si, a los dos pasos, vuelve la caída
a hundirme en el abismo de su fondo?
¿Será, Señor, que buscas mi pobreza
desnuda y sin ribetes de belleza
para donarte más sobre mi nada?
Pienso que sí, que mi acerada espina,
clavada en Ti y en mí, nos ilumina
con tu misericordia derramada.
