Amanece tu nombre florecido
y culmina mi ser de criatura.
Cálidamente anidas en la hondura
de este polvo que yergue mi latido.
Tu fuego de silencio está encendido
en el hogar de mi existencia oscura.
Saboreo el color y la figura
de este árbol que soy agradecido.
No eres flor de mi sueño y de mi grito;
soy yo la flor de tu querer creante
y culmino sabiendo que me piensas.
Tú me nutres, Señor, y me has escrito:
Rafael Matesanz, niño incesante
que vive tiernamente a tus expensas.
