Eres en mí, Señor, como la nieve
que reposa feliz sobre la arcilla.
Mi corazón cansado vive y brilla
hecho sonrisa transparente y leve.
Pido al silencio de tu luz que lleve
el beso de mi carne hasta tu orilla.
Te pido ser palabra tan sencilla
como el llanto invisible de la nieve.
Y fecundar con húmeda ternura
las raíces del árbol devanado
en línea vertical hacia tu encuentro.
Habitaré, bastándome, la hondura
del amor en silencio derramado
que inmole mi existencia desde dentro.
