Hogar de Dios, recinto donde vivo,
donde respiran gozo mis auroras.
Yo te adoro, Señor, y Tú me adoras
porque en tu Ser, mi ser tiene motivo.
Libérrimo en tu luz, feliz cautivo
en la cárcel caliente de tus horas,
te enseño el corazón y me devoras
en el verso de carne con que escribo.
Y mi escritura sin limar se vierte
como río de sangre mensajera
que descubre la luz del nuevo día.
Tengo que hablar, Señor, hasta que acierte
a decir que eres Tu la primavera
perpetuamente fiel a la alegría.
