Mi voz callada, mi cerebro helado,
mi carne flagelada y amarilla:
la hermana muerte, vigorosa trilla,
busca mi corazón que sigue alado.
Soy el vuelo, Señor, aprisionado
en mis entrañas frágiles de arcilla.
Espero libertad en la otra orilla
victoriosa del tiempo que he labrado.
Quiero seguir amando, Dios amigo,
quiero salvar las ansias de mi trigo
y en tus hornos hacerme pan caliente.
Me duermo en tu regazo como niño
arropado al calor de tu cariño
para ser primavera eternamente.
