Debo aclarar, amigos, que estos versos de ira
no brotan de la envidia porque nadie me esculpe
en cárceles de oro que exhiben su arrogancia;
prefiero ser de plumas con alma mensajera.
Y también me confieso hermano de los seres
que ni siquiera alcanzan el nivel de un arbusto.
Dialogo con las ranas y contemplo su nota
de humedad palpitante en el lecho del río.
Copio algunos lamentos del grillo enamorado.
Me baño en los gorjeos que llueven de la alondra.
Me encienden horizontes cuando arrulla la tórtola
y gozo los colores del lírico jilguero.
Soy hermano leal de la fronda encendida,
y reconozco humilde mi color desvaído,
mi nido limitado, mi corazón tan leve.
Pero protesto y rabio en gorjeos de ira
cuando alguna serpiente me exige adoración,
cuando se yergue y clava su lucha vertical
en intento asesino de apagar las estrellas.
Sus armas son veneno, elaborado con odio
y ojos centelleantes pronunciando mentiras.
Yo sé que algún hermano ingenuo las adora
en ciega insolación para nutrir su vientre.
Unámonos, amigos, quienes sólo tenemos
las débiles defensas de versos fraternales.
Aunque el veneno esculpa su noche en las estrellas
nadie apaga el poema de la luz infinita.
