Todo mi ser, soneto florecido
por la mano de Dios sobre su huerto.
Dios me nutre de luz si estoy despierto;
Dios me hospeda en su paz si estoy dormido.
Poblador de esperanza redimido
salve mi voz, oasis en desierto.
Seré campana suya y muerto.
Convocaré al amor agradecido.
En mi carne de verso va creciendo
el poema infinito de su Vida.
Yo le dejo escribirme criatura.
Y me siento feliz amaneciendo.
Rafael Matesanz, en la partida
sellada en el hogar de su ternura.