No, Señor, no eres fruto de mi sueño
sino savia nutriente de mi trigo.
Rebosas en mis letras de testigo
como la llama en el reseco leño.
Yo te noto, Señor, por eso empeño
mi sangre en escribir que te bendigo.
Existe porque quieres ser mi amigo
y albergas en tus ojos mi diseño.
Entiendo la palabra de las cosas,
el vegetal poema de las rosas
y el agreste fervor de los espinos.
Te agradezco la luz hospitalaria
que hace mi verso cálida plegaria
sembrando corazón por tus caminos.
