Qué delicia ser pequeño
como leño
para arder.
Ir dejando en el camino
lo divino
del querer.
Tomar de la mano al hombre,
darlo nombre
y darle hogar.
Alejar miedos del niño
con cariño
de cantar.
Escribir mansa palabra
que nos abra
el corazón.
Hacer de la tierra hoguera,
primavera
del amor.
Y, entre amores, ir muriendo,
renaciendo
en el vivir,
porque sólo amar es vida
resurgida
del morir.
Qué delicia ser humilde
como tilde,
como luz.
Esparcir sencillamente
transparente
plenitud.
(San Pedro de Cardeña, 2 - Enero -1987)
