Me destierra la tierra que aborrece
la luz de la inocencia desvalida.
Me duele densamente la homicida
legalidad donde el estiércol crece.
Mi corazón rasgado se estremece
y grita estérilmente por la vida.
Asumo la palabra enardecida
que en la cárcel del crimen anochece.
Cantad conmigo, niños indefensos;
me inmolo con vosotros y me muero
perdonando a los hombres su locura.
Habitamos juntos los inmensos
hogares del Amor, en donde espero
el abrazo de Dios y su ternura.
