Con tu fervor de alas monacales
levantaba tu sangre monasterios.
Recolectabas flores de salterios
para cantar tus ansias celestiales.
Eran sueños de Dios, tan teologales,
que gozaban la luz de los misterios
cautivos del amor en cautiverios
de nieves y plegarias vegetales.
Y tu razón de ser, la llama viva
que alumbra tu fe contemplativa
y tu carne de virgen inmolada.
Todo era paz en tu cariño ardiente
porque estaba en tu noche confidente
el rostro vivo de la Inmaculada.
