Encendido en el ser: tengo en las manos
Mi vuelo y mi latido: Pienso, existo.
Alguien plantó mi árbol en mis llanos.
Alguien inflama el sol con que me visto.
Y jamás la Nada anidará en mi seno;
Invisible raíces me eternizan.
El cauce de mis venas está lleno.
En mi mar de esperanza olas se rizan.
Me yergue el corazón con golpes suaves;
Mis ojos son ventanas, que me inundan
De encendidos colores y de aves.
Mis oídos de antenas me circundan
Para que nadie clave en mi ternura
uñas de soledad y de congoja.
El olfato me ofrece la dulzura
del alma de las flores, blancas o rojas.
Entiendo idiomas sin abrir los ojos
sólo besando con mi piel las cosas
sé que la piedra muerde y los rastrojos
tienen envidia de las mariposas.
Me gusta disolverme en la materia
para multiplicarla por mi sangre:
Nunca devoro; como, alzo la tierra
a a torre del alma, con mi hambre.
Nadie podrá negar que, quien se viste
de tanto corazón y tanta luna,
tiene afecto a la Luz y en ella existe
como niño en los brazos de su cuna.
Nadie podrá negar que estoy hablando
(si algún día conoce mi palabra);
y que hablo porque amo y porque amando
obedezco al arado que labra.
Aunque soy manantial: yo no he creado
las aguas que cobijan resplandores;
yo nazco de Sus Manos derramado
para encender el alma de las flores.
Porque ¿Quién apacienta mis latidos
con detalle de madre silenciosa?
¿Quién puebla de esperanza mis gemidos
y decora las estrellas mi vía dolorosa?
¿Quién voltea campanas en mi torre?
¿Qué mirada ilumina mi existencia?
¿Qué puerta me escribe y me recorre
haciéndose en mi carne transparencia?
Tengo que hablar, amigos, luz os debo
del sol que me rebosa y me proclama.
Os invito a beber de donde bebo,
os invito a encender en mi llama.
Y, sin embargo, no vendo alondras
en el aire manchadas del anhelo.
Simplemente os recuerdo que sois frondas
en donde puede reparar el cielo.
Os digo que existís y que su aliento
os envuelve de Luz sencillamente;
que no podemos ser papel al viento
que termina en la nada oscuramente.
Os digo que los niños todavía
delatan en el rostro primaveras,
que el arroyo del tiempo es melodía
que sueña y canta hacia la mar que espera.
Os digo que los párpados cansados
roban a las pupilas el paisaje;
os digo que los sueños destronados
asaltan la esperanza del gran viaje.
Os digo que la hoja que se suelta
y “vuela” liberada en su desmayo
da gemido amarillo y pide vuelta
al ósculo materno de su tallo.
Os digo que, si huérfanos lloramos
es porque finge nuestra carne brillo;
que podemos ser hijos si cruzamos
por la vereda del amor sencillo.
(Siempre la luz: tres poemas I)
