13/9/22

Y EN MI VASIJA GUARDAS PRIMAVERAS

 


 

Y en mi vasija guardas primaveras

y rebosas de mí tus aguas vivas.

Te llueves, te derramas, depositas

sonrisa de cristal en gracia nueva

cuando mis manos se hacen manantial

que se vierte lavando las tinieblas

sobre el anhelo roto de la hierba.

 

Yo bautizo, Señor, mis manos limpias,

las raíces del hombre dolorido.

Y cultivo su tallo adolescente

con júbilo de fe que testifica:

sostengo vertical, confirmo el cirio  

que enciende con su llama las estrellas.

 

Y cuando anida en él la niebla fría

y se muere el poema de sus hojas,

absuelvo de la sombra y de los hielos,

y otra vez reverdece primaveras.

 

Pero el amor culmina cuando juntos

alimentamos nuestra carne frágil:

y Te dejas comer sencillamente;

Hay familias, entonces, que prolongan

tu llama creadora en el amor;

Hay vocaciones que se comprometen

a sembrar tu Palabra entre los hombres.

 

Blanca plegaria le alza para hablarte;

blanco río le fluye para darse.

Y está la primavera, y hay familias

de flores que dialogan alegría,

de pájaros que cantan esperanza

de brisas que refrescan el anhelo.

 

Y unas manos orantes de testigos

Te piden que les toques con tus dedos

que les llames a ser Tus sacerdotes.

Y les llamas, Señor, y Te encadenas

a nuestros pies y manos inconstantes

para seguir andando nuestras vidas

para seguir ungiendo nuestra muertes.

 

Hay esperanza cuando el sol de ocaso

presagia eternidad a nuestras carne.

Gracias, de nuevo, Dios, por elegirme

para ser sacerdote, amigo tuyo;

gracias, porque Te quedas en mi sangre

crucificado para redimirnos:

para seguir andando nuestras vidas

para seguir ungiendo nuestras muertes.

 

(Versos de júbilo agradecido por el sacerdocio católico 4)