Y en mi vasija guardas primaveras
y rebosas de mí tus aguas vivas.
Te llueves, te derramas, depositas
sonrisa de cristal en gracia nueva
cuando mis manos se hacen manantial
que se vierte lavando las tinieblas
sobre el anhelo roto de la hierba.
Yo bautizo, Señor, mis manos limpias,
las raíces del hombre dolorido.
Y cultivo su tallo adolescente
con júbilo de fe que testifica:
sostengo vertical, confirmo el cirio
que enciende con su llama las estrellas.
Y cuando anida en él la niebla fría
y se muere el poema de sus hojas,
absuelvo de la sombra y de los hielos,
y otra vez reverdece primaveras.
Pero el amor culmina cuando juntos
alimentamos nuestra carne frágil:
y Te dejas comer sencillamente;
Hay familias, entonces, que prolongan
tu llama creadora en el amor;
Hay vocaciones que se comprometen
a sembrar tu Palabra entre los hombres.
Blanca plegaria le alza para hablarte;
blanco río le fluye para darse.
Y está la primavera, y hay familias
de flores que dialogan alegría,
de pájaros que cantan esperanza
de brisas que refrescan el anhelo.
Y unas manos orantes de testigos
Te piden que les toques con tus dedos
que les llames a ser Tus sacerdotes.
Y les llamas, Señor, y Te encadenas
a nuestros pies y manos inconstantes
para seguir andando nuestras vidas
para seguir ungiendo nuestra muertes.
Hay esperanza cuando el sol de ocaso
presagia eternidad a nuestras carne.
Gracias, de nuevo, Dios, por elegirme
para ser sacerdote, amigo tuyo;
gracias, porque Te quedas en mi sangre
crucificado para redimirnos:
para seguir andando nuestras vidas
para seguir ungiendo nuestras muertes.
(Versos de júbilo agradecido por el sacerdocio católico 4)
