Y no nubló tan áspera pobreza
la mansa caridad de tu alegría.
Tu carne flagelada convertía
el dolor en amor que canta y reza.
Amable siempre. Siempre con presteza
para dar fervor a la esperanza fría,
tu corazón desnudo se imprimía
en letras de consuelo y fortaleza.
Fundador de recintos monacales
con frescura de salmos vegetales
y silencio de lámpara sencilla.
Haznos amables con calor humano
y con tacto de pulso franciscano
que se esconde y se da como se mira.
(Sonetos a San Pedro de Alcántara III)