Imprimiste la Cruz en tu mirada
con tanto amor, que en ella te clavaste.
Tu cuerpo de raíces inmolaste
para sentir el alma liberada.
Besaban las estrellas tu pisada
recogiendo las sendas que trazaste.
Doctor en penitencia, declamaste
la luz del corazón alborozada.
Te hiciste bronce recio de campana.
Tu vergel de pobreza franciscana
se hizo coro perenne de rosales.
Ingrávida tu carne, toda vuelo,
habló a Teresa del hogar del cielo
que alcanzaron tus alas teologales.