de la feliz intimidad divina.
Tomaste de Francisco la pobreza
para alcanzar la libertad gozosa.
Y siendo de Jesús enamorada
creciste y te expandiste por la tierra.
Fue Jesucristo tu Señor, tu Vida;
la vid que alimentaba tu sarmiento;
fue Jesucristo tu divino Esposo
con Quien tu fuego de cariño puro
compartió las espinas y las rosas.
Toda tú te donaste a su cariño
y por eso te hiciste Eucaristía.
Te nutría su Carne, su Presencia,
su silencio elocuente en el Sagrario,
su Navidad humilde en cada Misa,
su Evangelio escondido en las especies
del Pan y Vino, dóciles prodigios.
Llorabas al hablar, al sonreírle;
llorabas al tomarle, al abrazarle.
Y tus lágrimas puras encendían
el fervor de tus hijas franciscanas.
Y Jesús, el Humilde, el Escondido
te hizo escondida, cual semilla humilde
y te sembró en los surcos de la tierra.
Gracias, Beatriz, te veo de rodillas
adorando al Señor del universo,
mientras tus alas de paloma virgen
se remontan al místico deliquio.
Gracias, Beatriz, tus hijas en la tierra
siguen viviendo tu cariño tierno
a Jesús escondido y silencioso
en la locura de la Eucaristía.
Míranos desde el cielo, que atardece
en el siglo soberbio que nos hiere
y se matan las flores y los niños.
Salva tu luz y esparce claridades
desde tu nombre, Beatriz de Silva.
Adora con nosotros su Presencia
en este Monasterio de la Virgen
donde tus hijas fieles se arrodillan,
testigos de tu amor- Eucaristía.
