Enfermaste de amor para curarlos.
No estabas llena sin donar desvelos.
No eras tú misma sin sembrar sonrisas.
Era playa tu nombre. Recibía
las olas del dolor. Con tu presencia
alejabas penumbra y desamparo.
María Soledad, santa, llegaste
al latido de Dios, al Evangelio
vivido entre los dedos, compartiendo
gemidos olvidados.
Como la Virgen, con Jesús reciente,
visitaste a Isabel: las Isabeles
perdidas en los montes de la pena,
del dolor y la ausencia de cariño.
Rebosabas enfermos en tus ojos
y curabas heridas de abandono.
Te hiciste pobre para enriquecernos.
Te hiciste virgen para darles luz.
Y te hiciste obediente para amarlos
con detalles de esmero compartido.
Soledad, madrileña, flor de España,
de la mejor España, la que irradia
misión de paz y bien desde el silencio.
Humilde Sierva del Amor, dijiste
como la Madre: “He aquí la esclava…¨
“Hágase en mí” tu curación de enfermos.
“Hágase en mí” tu compartir sus penas.
“Hágase en mí” tu luz resucitada
para salvar su muerto en la Esperanza.
Torres Acosta, Soledad, habita
nuestro mundo agresivo. Pulimenta
el filo de las iras lacerantes
con sonrisas de paz que den salud.
Haznos gozar el arduo paraíso
de estar felices entre los enfermos.
Enférmanos de amor para estar sanos
y pasar esparciendo por la vida
semillas de salud resucitada.
(Segovia 28 - Octubre -1986)
