Una estrella sencilla convocaba
tus asombros de luz contemplativa.
Una estrella de llama siempre viva
donde Dios se nutría y habitaba.
Era mujer. Su corazón manaba
ternura maternal y difusiva.
Libérrima de amor y tan cautiva
que como flor oculta se inmolaba.
El mismo Dios, con su cariño ileso,
pulió su corazón y, beso a beso,
la vistió de palomas inocentes.
Por eso tú, mirándola, sentías
el latido de Dios, y florecías
rosales de plegarias confidentes.
(Sonetos a San Pedro de Alcántara VI)
