Porque el licor de Dios embriagante
robó tu corazón. Y, poco a poco,
llegaste al paraíso de estar loco
para seguir a Dios que iba delante.
Tanto miraste a Dios, que tu semblante,
flaco y amable, cuando te convoco,
siembra vigor en todo lo que toco
y me da fortaleza recreante.
¿Qué fuego de cariño en tus entrañas
retiraba las tristes telarañas
de penas y de fríos mordedores?
¿Qué fulgor en tus ojos recogidos
atizaba tus cirios encendidos
contemplando al Amor de tus amores?
(Sonetos a San Pedro de Alcántara, V)
