La Presencia de Dios te confortaba
y su Carne- Comida te nutría.
Era tu adoración como bujía
que, en silencio de luz, se consumaba.
Ninguna sombra se depositaba
en la cálida fe que te lucía.
Tu corazón abierto recibía
la confidencia que te sustentaba.
¿Qué palomas soltaba en tu paisaje?
¿Qué sonrisa vestía su lenguaje
para estar tan pendiente de su boca?
De tanto hablar con Él, de tanto amarle
quedaste prisionera hasta donarle
el paraíso de volverte loca.
Pero es cautivadora tu locura:
Caben en ella todos los gemidos
de los enfermos y los desvalidos
que padecen ausencia de ternura.
Tu pequeña y dinámica figura
siembra pasos de amor, siembra latidos;
alumbra rostros entenebrecidos
y da, rezando, dimensión de altura.
Querida Soledad: Estás perdida.
Perdida en Su cariño, concluída
para estar loca en el servir diario.
Ya no tiene final tu primavera:
estás perpetuamente prisionera
de ese Dios loco preso en el Sagrario.
