Tú me llamas, Señor. Noto por dentro
la luz de tu mirada persistente.
Estás en mí, viviéndome, presente
como sol que no cesa, en pleno centro.
En pleno corazón, donde concentro
mi barro humano y tu Verdad ardiente.
Escucho tu llamada permanente
y soy feliz en este dulce encuentro.
Siempre Contigo. Siempre naufragado
en tu palabra y tu mirada pura
aprendiendo el oficio de ser trigo.
No me importa volar crucificado
o enterrarme en humilde sembradura
si tu mirada me declara “Amigo”.
