Has hablado, Señor, vives hablando
la cálida palabra de los seres.
Habla el alba a los ojos, nos libera
de la oscura muralla de la noche.
Nos eleva la alondra en su gorjeo
por escala de noches cristalinas
hasta el trono poético del aire.
Hay un latir interno de palabras
en nuestro propio ser de creaturas
que alza la vida en andas del anhelo.
Pero Tú, Creador de cercanías
de confidencias hondas, te donaste
más cerca todavía de la sangre.
Irrumpiste en la Historia, nivelaste
tu inmenso ser de Dios
con el hombre de límites de Dios
con el hombre de límites dolientes.
Asumiste la llaga de su carne
llegando de puntillas en vasija
femenina de madre virginal.
Tu palabra, tu gesto, tu milagro
irguió el amor en plenitud tan cierta
que nosotros humanos no podíamos
imaginar otro recurso nuevo
de tu divinidad para querernos.
(Ágape I, primer premio Toledo 8.6.1971)
