Siempre buscando estrellas la historia de los hombres;
siempre soñando mares con reflejos de sol;
siempre la oscura llaga cavando su vacío
en la carne finita con límite de horas.
El siglo XX vuela con frialdad metálica
edificando torres altísimas de técnica
y, cuando sólo encuentra callado polvo gris,
comprueba que se han roto las campanas del alma.
Está lejos del polvo el astro de la Vida,
pero cerca del hombre y en su latir más hondo:
es el amor sencillo, sacrificado y puro
que salva los caminos cuando se muere el día.
En cada hombre habita la semilla de un astro
original y vivo pidiendo nacer;
sin millones de dólares, se excavan sus entrañas,
sin corazón de acero se late su misterio.
José, tú lo sabías y tanto abriste el alma
en sencillez orante hacia la luz divina,
que te tornaste astro sencillo y silencioso
para el hombre de siempre que busque al sol de Vida.
(Siete poemas confidenciales II, primer premio centenario del Centro Josefino Español)
