José de Nazaret, todavía en silencio
contemplando la Luz en éxtasis de siglos
desde que la Palabra de Dios entre los hombres
inició el alba viva en la noche del mundo.
Por eso me dirijo a tu silencio casto
como ciervo a la fuente para curar su fiebre.
Tú sabes de la hondura de Dios en nuestra carne
porque escuchaste todo su amor calladamente.
Sabes también que gimo inútiles palabras
para seguir rodando por el sendero frío;
pero yo soy el niño desterrado de mi carne
que anhela descansar en brazos de su madre.
Busco el amor que hallaste sin pronunciar palabra,
derramando tan sólo tu sangre en el misterio.
También tu fuiste niño en los brazos de Dios
para aprender a ser su padre en esta vida.
Enséñame el silencio, enséñame el milagro
de una vida sencilla con Dios en las entrañas.
Enséñame a estar vivo sin que lo sepa el mundo.
Enséñame a ser hombre sin asustar al niño.
(Siete poemas confidenciales I, primer premio centenario del Centro Josefino Español)
