Y llegaste a Belén caminando despacio
con la frágil vasija donde Dios se escondía.
Presentías cercana la primera sorpresa
de la Luz hecha carne en la noche del mundo.
Buscaste alojamiento en la posada humana,
donde se quiebran luces, anhelos y desvelos,
para que las pupilas del niño no notaran
tan oscura la noche tan real el invierno.
Pero estaba completa la posada del hombre.
Ya no quedaba techo para alojar a Dios.
Y otra vez bajo el manto de la noche estrellada
emigraste buscando un pedazo de hogar.
Yo te envidio, José, perseverante siempre,
buscando a Dios un sitio para que nazca a gusto;
envidio tu callada esperanza en la noche,
envidio tu paz honda cobijando a la Virgen.
Siempre existe un establo abandonado y pobre
con techo decorado por jirones de estrellas;
queda siempre la cuna humilde de un pesebre
para abrazar a Dios con maternal ternura.
(Siete poemas confidenciales V, primer premio centenario del Centro Josefino Español)
