En la muerte culmina la catedral del hombre
que ha vivido esculpiendo las piedras del amor.
En el morir alcanza el vuelo de sus torres
la mano eterna y viva que nos tiende el Señor.
Y, sin embargo, sangra el corazón del hombre
los amargos temblores de la callada incógnita.
Su camino de tierra despertará quebrado
una mañana clara o un negro atardecer.
No es posible escaparse del corazón herido.
No es posible ser río sin parar en el mar.
No es posible ser árbol sin crecer hacia el cielo
aunque los rayos quiebren su tronco vegetal.
Pero el rayo divino sólo quiebra el cansancio
de nuestro polvo erguido hacia la luz final.
El cirio de la carne se apaga lentamente
cuando su llama niña madura eternidad.
José, cirio de Dios, maduro de trabajo,
maduro de silencio, maduro de bondad,
al morir encendido en Jesús y María
notaste abierta y libre la puerta de la PAZ.
