31/1/23

A MIS QUERIDOS ANCIANOS

 


Vuestros ojos cansados

llevan acumulada la esperanza.

Esperáis de los niños las escenas

de juegos inocentes;

esperáis de los jóvenes respeto

lozanamente bello;

esperáis de los hombres y mujeres,

en madurez de vida,

que os acojan

como tesoros de minutos sabios

en doctora experiencia;

esperáis que los hombres poderosos

parlen vuestra verdad social y tierna

en los escaños de su parlamento;

esperáis que las plazas estén limpias

de iras y blasfemias,

pero se note

clima de flores en sonrisas mansas;

esperáis que la acera no os engañe

con baches camuflados como trampas;

esperáis el calor de los hogares

en todas las miradas que se cruzan;

esperáis, esperáis, ancianos míos,

tesoros olvidados por la prisa

que sólo adora con idolatría

lo “útil y eficaz”, entre comillas.

 

Pero esperad, ancianos, seguid firmes

esperando algún hombre que lo sea.

Esperad que le nazca la ternura

al hielo de sus ojos egoístas.

Esperad que su sangre se aproxime

a vuestra sangre con temblor de niños.

Esperad el milagro de la aurora

desenterrando niños en la sombra.

 

Encontraréis la casa que os reciba

como Juan a la Virgen.

Encontraréis solicitud fraterna

en las manos de fieles Hermanitas

Encontraréis palabras y miradas

que se interesan por vuestras historias

 

Y empezarán los niños a sentirse

queridos y amparados por vosotros.

Y crecerán los jóvenes prudentes

atendiendo distancias en el rostro

de vuestra plenitud condecorada.

 

Y los padres y madres notarán

que su familia es rica con vosotros

que donáis dimensiones a la vida

y señaláis los límites del tiempo.

 

Mis queridos ancianos, con vosotros

abundan las palomas y los niños

y adquirimos sentido los poetas.

 

Mis queridos ancianos, en vosotros

Dios nos habla de amor y de esperanza

madurada en espigas que no cesan.

 

Gracias, amigos, gracias por oírme

dando valor a mis humildes versos

que son mi flor sincera de cariño.

 

(Segovia 1-II-85)