Vuestros ojos cansados
llevan acumulada la esperanza.
Esperáis de los niños las escenas
de juegos inocentes;
esperáis de los jóvenes respeto
lozanamente bello;
esperáis de los hombres y mujeres,
en madurez de vida,
que os acojan
como tesoros de minutos sabios
en doctora experiencia;
esperáis que los hombres poderosos
parlen vuestra verdad social y tierna
en los escaños de su parlamento;
esperáis que las plazas estén limpias
de iras y blasfemias,
pero se note
clima de flores en sonrisas mansas;
esperáis que la acera no os engañe
con baches camuflados como trampas;
esperáis el calor de los hogares
en todas las miradas que se cruzan;
esperáis, esperáis, ancianos míos,
tesoros olvidados por la prisa
que sólo adora con idolatría
lo “útil y eficaz”, entre comillas.
Pero esperad, ancianos, seguid firmes
esperando algún hombre que lo sea.
Esperad que le nazca la ternura
al hielo de sus ojos egoístas.
Esperad que su sangre se aproxime
a vuestra sangre con temblor de niños.
Esperad el milagro de la aurora
desenterrando niños en la sombra.
Encontraréis la casa que os reciba
como Juan a la Virgen.
Encontraréis solicitud fraterna
en las manos de fieles Hermanitas
Encontraréis palabras y miradas
que se interesan por vuestras historias
Y empezarán los niños a sentirse
queridos y amparados por vosotros.
Y crecerán los jóvenes prudentes
atendiendo distancias en el rostro
de vuestra plenitud condecorada.
Y los padres y madres notarán
que su familia es rica con vosotros
que donáis dimensiones a la vida
y señaláis los límites del tiempo.
Mis queridos ancianos, con vosotros
abundan las palomas y los niños
y adquirimos sentido los poetas.
Mis queridos ancianos, en vosotros
Dios nos habla de amor y de esperanza
madurada en espigas que no cesan.
Gracias, amigos, gracias por oírme
dando valor a mis humildes versos
que son mi flor sincera de cariño.
(Segovia 1-II-85)
