Con el Hijo en los brazos, al lado de José,
subes al Templo, Madre recién inaugurada.
Dos palomas recogen el candor de tus ojos
en blanca ceremonia de silencio y pobreza.
Das al Hijo, Te das, al Padre en el Espíritu
y, abierto el corazón, escuchas al Anciano,
de cuyos labios fluyen palabras luminosas,
palabras encendidas para encender al mundo
y dar eterna gloria a tu pueblo Israel.
Pero, al filo del júbilo, el Profeta entrevé
una espada rasgando tu corazón de Madre.
Tu Hijo será signo de la contradicción”
y Tú, silencio denso de sangre derramada.
Te das, Virgen paloma, sin proferir arrullos;
Te das, Virgen espiga, en tu trigo de carne;
Te das, lámpara viva, en llama permanente
que trasciende los ritos y se inmola en el Hijo.
Un día tu cariño, adherido a la Cruz,
recogerá la sangre que Le diste entre besos.
Su Palabra Tercera Te abrirá las entrañas
para que des a luz a todos los humanos.
Y el Misterio Pascual de cada Eucaristía
será la ofrenda suya, Contigo renovada:
junto a El morirás crucificadamente,
y alumbrarás, con El, Resurrección eterna.
Virgen Madre, que hiciste de tu vida una ofrenda
de palomas, de luz, de flores concluidas,
tómanos en tus manos y dile a Simeón
que estos hijos también quieren ser Luz del mundo.
(2 de Febrero, día de la Presentación del Señor 1988)
