Canto también de noche y mi voz se difunde
por collados y ríos al filo del misterio.
Un éxtasis de lunas me invaden los espejos
del arroyo que mecen las ramas de mi nido.
Pero, a veces, me callo y en fondo de silencio
escucho las pisadas astutas que me buscan,
para hacerme manjar de sus fieros instintos.
Otra vez, los temblores apagan mi gorjeo.
Y el desánimo arrecia en mis plumas de punta.
Me rebelo por ser ruiseñor indefenso
y no entender idiomas de garras poderosas.
Pero el silencio sigue salvando mi esperanza.
Irrumpo nuevamente llamando a la ternura
para brizar el sueño de niños confidentes
a quienes sólo el vuelo de mi voz en la noche
alimenta de sangre novísima que espera.
Espera que se abran las ventanas del alba
y otra vez, otro día, ilumine su juego.
Sin embargo, protesto contra el hielo de garras
que valora mi arcilla más que mi voz ardiente.
Protesto porque mancha la intimidad nocturna
con ríos inocentes de sangre bienhechora.
Protesto porque el hombre, oculte en las tinieblas
las astutas raposas de sus fieros instintos.
Si algún día notáis hermanos ruiseñores
que mi voz no se yergue en la sombra del bosque,
canonizadme mártir de auroras presagiadas.
Y sabed que me hospedo en el eterno día.