22/9/23

CIRIO DE ANCIANIDAD

 


(Canto a la Virgen del Bustar. Lema: Cirio)

Mirad esa mujer:

                         duele el silencio

que cerca su figura caminante

hacia el altar oscuro de la ermita.

Sus manos de raíz portan un cirio

de cera virgen, como enmagullado

corazón que la vive lentamente.

Tiene años de llanto en sus mejillas

y algunas alegrías anidadas

en el hondo mirar de sus pupilas.

La aíslan de este mundo los colores

desvaídos del traje que la viste,

eterno ya de siglos y penumbra.

 

Pero es feliz sumida en ese templo

de sombra y de silencio, siente cerca

la tierra hermana, su candor de muerte.

 

Sola con sus recuerdos va a la ermita:

su palabra de cera, en ese cirio

que adelantan sus manos, se hace llama

que enciende la plegaria de sus labios.

 

Es antigua su fe como el vestido

que cubre el resto de su primavera.

 

¿Da gracias la mujer, viuda y sin hijos,

por esa desnudez, por ese otoño

que cobija con hojas amarillas

su latido de madre solitaria?

 

¿Llora su soledad como la Virgen

en los atardeceres de la aldea

cuando el poniente se derrama en sangre,

recién crucificada de su Hijo?

¿Acaso torna el leño de su vida

en humildes carbones encendidos

para el hogar de Dios?

Ella no sabe

transitar por la selva etimológica

del nombre de su virgen:

EL BUSTAR.

Allí quemaron vidas vegetales,

mezcladas con sudores reverentes,

sus padres en la fe. Ellos donaron

trono de combustión a su Patrona.

De rodillas rezaron; de rodillas

blanquearon el templo de sus almas

con el negro carbón de su trabajo.

Era el milagro casto de María.

 

La mujer no lo sabe; pero intuye

un misterio de llama en esa imagen

inmóvil y solemne en el silencio.

 

Con ternura y caricia en la palabra

dice a la Virgen sus recuerdos vivos:  

 

¿Te sirve para ángel mi Juanito,

mi niño de tres años, el pedazo

más blando de mi carne, carne blanca

que se apagó como una flor de almendro

al frío de la muerte? ¿Te sonríe

cuando le llamas “cielo”? ¿Sus manitas

te besan las mejillas como a mí?

Cuídalo, Madre, y, ya que le llevaste

tan niño y blanco de candor y nieve,

no le dejes crecer. Consérvale

exactamente así hasta mi llegada.

 

Y ¿mi otro mozo de sonrisa abierta

que marcho hacia la guerra una mañana

y sólo me envió con una carta

el color de su sangre enardecida?

-¡arde, Madre, su sangre en mi recuerdo

todavía después de tantos llantos!-

¿Te sirve de soldado para siempre?

 

Y Mari Carmen…, hija de mi orgullo,

fundadora de vírgenes fecundas,

que regaló sus veinticinco años

a los pobres y enfermos de la aldea

y un día, Misionera de tu Hijo,

me dijo “adiós” para sembrar tu vida,

con su vida de virgen, en las almas.

Te la llevaste al cielo sonriendo

mientras sus labios, casi ya maduros,

musitaban la salve que de niña

entre besos rezábamos las dos.

 

Yo sé que desde el cielo está sembrando

la esperanza en mis huesos doloridos.

Ella es la cera virgen de mi vida

para lucir feliz en tu presencia.

Junto a ella estará mi Juan, “el bueno”

y mi mozo Roberto y mi Juanito,

hijos y esposo ausente que me esperan

hechos cirio de amor, hogar eterno.

Por eso no estoy sola, Madre Mía,

ni me acongoja este silencio oscuro

en que me amparas Tú con la esperanza.

Cuando se apague el cirio que te enciendo,

tal vez, mi corazón se habrá gastado

y este cuerpo marchito en el sepulcro

esperará tu luz resucitada”.

 

Y vuelve hacia su casa la mujer

lenta y feliz: sus pies de tierra antigua

no se cansan de andar ese camino

silencioso y campestre de la ermita.

Y dormirá soñando su plegaria

para seguir viviendo todavía.

Reparará las fuerzas y mañana

colocará en las andas de su carne

otro cirio de fe como el de hoy.