(Canto a la Virgen del Bustar. Lema: Cirio)
Mirad esa mujer:
duele el silencio
que cerca su figura caminante
hacia el altar oscuro de la ermita.
Sus manos de raíz portan un cirio
de cera virgen, como enmagullado
corazón que la vive lentamente.
Tiene años de llanto en sus mejillas
y algunas alegrías anidadas
en el hondo mirar de sus pupilas.
La aíslan de este mundo los colores
desvaídos del traje que la viste,
eterno ya de siglos y penumbra.
Pero es feliz sumida en ese templo
de sombra y de silencio, siente cerca
la tierra hermana, su candor de muerte.
Sola con sus recuerdos va a la ermita:
su palabra de cera, en ese cirio
que adelantan sus manos, se hace llama
que enciende la plegaria de sus labios.
Es antigua su fe como el vestido
que cubre el resto de su primavera.
¿Da gracias la mujer, viuda y sin hijos,
por esa desnudez, por ese otoño
que cobija con hojas amarillas
su latido de madre solitaria?
¿Llora su soledad como la Virgen
en los atardeceres de la aldea
cuando el poniente se derrama en sangre,
recién crucificada de su Hijo?
¿Acaso torna el leño de su vida
en humildes carbones encendidos
para el hogar de Dios?
Ella no sabe
transitar por la selva etimológica
del nombre de su virgen:
EL BUSTAR.
Allí quemaron vidas vegetales,
mezcladas con sudores reverentes,
sus padres en la fe. Ellos donaron
trono de combustión a su Patrona.
De rodillas rezaron; de rodillas
blanquearon el templo de sus almas
con el negro carbón de su trabajo.
Era el milagro casto de María.
La mujer no lo sabe; pero intuye
un misterio de llama en esa imagen
inmóvil y solemne en el silencio.
Con ternura y caricia en la palabra
dice a la Virgen sus recuerdos vivos:
¿Te sirve para ángel mi Juanito,
mi niño de tres años, el pedazo
más blando de mi carne, carne blanca
que se apagó como una flor de almendro
al frío de la muerte? ¿Te sonríe
cuando le llamas “cielo”? ¿Sus manitas
te besan las mejillas como a mí?
Cuídalo, Madre, y, ya que le llevaste
tan niño y blanco de candor y nieve,
no le dejes crecer. Consérvale
exactamente así hasta mi llegada.
Y ¿mi otro mozo de sonrisa abierta
que marcho hacia la guerra una mañana
y sólo me envió con una carta
el color de su sangre enardecida?
-¡arde, Madre, su sangre en mi recuerdo
todavía después de tantos llantos!-
¿Te sirve de soldado para siempre?
Y Mari Carmen…, hija de mi orgullo,
fundadora de vírgenes fecundas,
que regaló sus veinticinco años
a los pobres y enfermos de la aldea
y un día, Misionera de tu Hijo,
me dijo “adiós” para sembrar tu vida,
con su vida de virgen, en las almas.
Te la llevaste al cielo sonriendo
mientras sus labios, casi ya maduros,
musitaban la salve que de niña
entre besos rezábamos las dos.
Yo sé que desde el cielo está sembrando
la esperanza en mis huesos doloridos.
Ella es la cera virgen de mi vida
para lucir feliz en tu presencia.
Junto a ella estará mi Juan, “el bueno”
y mi mozo Roberto y mi Juanito,
hijos y esposo ausente que me esperan
hechos cirio de amor, hogar eterno.
Por eso no estoy sola, Madre Mía,
ni me acongoja este silencio oscuro
en que me amparas Tú con la esperanza.
Cuando se apague el cirio que te enciendo,
tal vez, mi corazón se habrá gastado
y este cuerpo marchito en el sepulcro
esperará tu luz resucitada”.
Y vuelve hacia su casa la mujer
lenta y feliz: sus pies de tierra antigua
no se cansan de andar ese camino
silencioso y campestre de la ermita.
Y dormirá soñando su plegaria
para seguir viviendo todavía.
Reparará las fuerzas y mañana
colocará en las andas de su carne
otro cirio de fe como el de hoy.
