Pero no la sembró porque perdía
su medio corazón en este juego
se agrandaba la llama de su fuego
y la noche era oscura y era fría.
También para los pobres parecía
un poco dolorosa y sin apego,
pero, apoyados en mendigo ruego,
la noche -dijo- apenas dolería.
Y Jesús le miró. Jesús nos mira
en cada hombre que desnudo expira
a nosotros vestidos de caprichos.
Y también hoy se quiebra su mirada
con otra luz metálica y dorada
que nos entierra en elegantes nichos.
