Nos habita el dolor como los cardos
habitan pertinaces entre las flores.
Dolemos al nacer y con dolores
morimos corderillos o leopardos.
Caminos grises y caminos pardos
esperaron nuestra huella reductores
para clavarnos todos los temblores
de su melancolía y de sus dardos.
Ni siquiera la erguida arquitectura
de su ceniza sabía, de estatura
al desnudo del Hombre en soledad.
El dolor nos acecha crudo y serio
nos atrapa en la red de su misterio
y hasta existir es llaga de oquedad.