El anciano ciprés vive en la altura
dando la mano mística enterrara
sus raíces de niño vegetal.
Mis ojos de poeta se refugian
en su palabra de silencio alto.
Porque habla todavía y en sus dedos
de madera encendida alberga huellas
de los dedos de Juan, el de la “llama”.
Va vistiendo su carne macilenta
del calor de las rocas donde apoya
su leve soledad.
Sigue escribiendo líricos anhelos
en el viento que peina o que rotura.
Juan de la Cruz no cesa de plantarle
y de llamar al hombre sumergido
en la niebla del valle.
Juan de la Cruz, madera de ciprés
con vocación de vuelo metafísico
quiere salvar espejos en las aguas
con hedor de ciudad en las entrañas.
¿Despegaré mi carne del gran miedo
a plantarme en la roca de la vida?
