Troncos grises y copas verde oscuras
que el tiempo retenido va escribiendo
sobre la piel austera de mi pueblo.
Alguna liebre goza del silencio
y las tercas cigarras, de su hogar.
El aire se detiene entre sus brazos
y recita plegarias monacales.
Lejos, arrullos leves de palomas
y balidos de ovejas.
Yo penetro en el bosque de puntillas
por no mover sus aguas transparentes.
Me desnudo de sangre en sobresalto
y me baño en su nido de silencio.
Despejada la niebla en mis entrañas
descubro que hay un niño en soledad
pidiéndome vivir.
Le sonrío y se enciende mi esperanza
pero entonces me duelen los minutos
perdidos en urgencia de cemento
y me prometo ser sólo un enebro
del bosque milenario de mi pueblo,
me prometo escuchar al marginado
niño de mis entrañas doloridas.
Hundiré mis raíces en la tierra
y volaré sobre el silencio virgen
para encontrar a Dios, mi niño triste.