25/10/23

GRACIAS AMIGOS FIELES DE LA LUZ

 



 





Sencillamente, muy sencillamente

os hablaré, amigos de la Luz,

fieles amigos de la Luz  Divina.

 

Sois reflejo de luz normal en vuestros ojos;

vais sembrando la luz con vuestras manos

portadores de luz a vuestro paso

se retiran las sombras de las almas

y nacen las estrellas de esperanza.

Alimentáis la lumbre en los hogares

para salvar la llama que unifica.

Padres e hijos en vuestra presencia

sienten calor robusto de cariño.

Alejáis los temores de los niños

cuando la cruz se posa sobre el cielo

de su frente de carne y primavera.

La torre os debe su silencio recto

en vuelo vertical al infinito.

Y las campanas cantan todavía

su plegaria de bronce y de palomas.

Ríos de luz se vierten los Domingos

desde el altar humilde la Iglesia.

Y vosotros, felices, alentáis

evangélicamente la esperanza

nutriendo sangres con el Pan Divino.

 

Han cantado los hombres tras la yunta

han rezado las madres tras la escoba,

han jugado los niños tras el viento,

han bailado los jóvenes salvando

su limpia primavera en las entrañas.

Y quienes hoy están a vuestro lado

rezan, trabajan, cantan y caminan.

Sois cobijo de luz, de paz, de aire

sólo con la presencia bienhechora

de vuestro ser blanquísimo enfundado

en la negra sotana protectora.

Ya sois la catedral que Dios quería

cuando posó volando una mañana

en el abril de vuestra edad primera.

Os tocó con sus dedos infinitos

y sentisteis calor en las arterias,

un calor tan purísimo y tan denso

que mirasteis al cielo y con lo ojos

le dijisteis a Dios: aquí me tienes.

Poco valgo, Señor, pero si acierto

a esculpir con el barro de mi vida

una choza de luz donde Tú nazcas…,

Puedes mandarme, Dios, soy sólo tuyo.

Y el Padre bueno sonrió al oíros

y os cogió la palabra apresurado

para investiros arquitectos suyos.

 

Ya está la catedral de treinta años,

de cuarenta o cincuenta de estatura,

labrada en oro de piedad sencilla

y madurando espigas de esperanza

y cruces de llamada redentora.

 

Alegraos, amigos de la luz.

Aunque intenten las manos deicidas

borrar al Astro con pinceles negros,

no alcanza su estatura las estrellas

que habéis sembrado con vuestros latidos.

Hijos somos nosotros del desvelo

de vuestro corazón sacerdotal.

Y proclamamos sin temblor de verso:

¡Gracias, amigos fieles de la Luz!

que vertéis trascendencia a vuestro paso

para salvar al hombre de la anemia

que le impide volar al Absoluto.

Gracias por el vergel que habéis plantado

perseverantemente y sin cansancio.

Gracias por ser tan sólo sacerdotes,

salvadores de amor perpetuamente.

Dios os lo pague, amigos, muchas gracias.  

 

(dedicado a los sacerdotes mayores en juventud)