Sencillamente, muy sencillamente
os hablaré, amigos de la Luz,
fieles amigos de la Luz Divina.
Sois reflejo de luz normal en vuestros ojos;
vais sembrando la luz con vuestras manos
portadores de luz a vuestro paso
se retiran las sombras de las almas
y nacen las estrellas de esperanza.
Alimentáis la lumbre en los hogares
para salvar la llama que unifica.
Padres e hijos en vuestra presencia
sienten calor robusto de cariño.
Alejáis los temores de los niños
cuando la cruz se posa sobre el cielo
de su frente de carne y primavera.
La torre os debe su silencio recto
en vuelo vertical al infinito.
Y las campanas cantan todavía
su plegaria de bronce y de palomas.
Ríos de luz se vierten los Domingos
desde el altar humilde la Iglesia.
Y vosotros, felices, alentáis
evangélicamente la esperanza
nutriendo sangres con el Pan Divino.
Han cantado los hombres tras la yunta
han rezado las madres tras la escoba,
han jugado los niños tras el viento,
han bailado los jóvenes salvando
su limpia primavera en las entrañas.
Y quienes hoy están a vuestro lado
rezan, trabajan, cantan y caminan.
Sois cobijo de luz, de paz, de aire
sólo con la presencia bienhechora
de vuestro ser blanquísimo enfundado
en la negra sotana protectora.
Ya sois la catedral que Dios quería
cuando posó volando una mañana
en el abril de vuestra edad primera.
Os tocó con sus dedos infinitos
y sentisteis calor en las arterias,
un calor tan purísimo y tan denso
que mirasteis al cielo y con lo ojos
le dijisteis a Dios: aquí me tienes.
Poco valgo, Señor, pero si acierto
a esculpir con el barro de mi vida
una choza de luz donde Tú nazcas…,
Puedes mandarme, Dios, soy sólo tuyo.
Y el Padre bueno sonrió al oíros
y os cogió la palabra apresurado
para investiros arquitectos suyos.
Ya está la catedral de treinta años,
de cuarenta o cincuenta de estatura,
labrada en oro de piedad sencilla
y madurando espigas de esperanza
y cruces de llamada redentora.
Alegraos, amigos de la luz.
Aunque intenten las manos deicidas
borrar al Astro con pinceles negros,
no alcanza su estatura las estrellas
que habéis sembrado con vuestros latidos.
Hijos somos nosotros del desvelo
de vuestro corazón sacerdotal.
Y proclamamos sin temblor de verso:
¡Gracias, amigos fieles de la Luz!
que vertéis trascendencia a vuestro paso
para salvar al hombre de la anemia
que le impide volar al Absoluto.
Gracias por el vergel que habéis plantado
perseverantemente y sin cansancio.
Gracias por ser tan sólo sacerdotes,
salvadores de amor perpetuamente.
Dios os lo pague, amigos, muchas gracias.
(dedicado a los sacerdotes mayores en juventud)