Junto a la vieja Iglesia tiernas manos
de niños elaboran primaveras.
La arena dócil plasma sus caminos
azules de ilusión y de misterio.
Hay niños todavía: la esperanza
habita entre nosotros, con sosiego;
pero detrás de la muralla fría
del egoísmo donde el hombre es prosa.
¿qué será de los niños indefensos?
Algunos hombres viven de la muerte,
justifican la muerte de los niños.
Asfixiaron niños y se felicitan
de su cadáver alto.
Pero el frío se acumula en sus ojos y les salva
el latido del ser.
Sin niños, nadie
traduce las estrellas; nadie sabe
leer en los gorriones: nadie vive,
sólo envejece con la alforja llena
de preguntas dolientes.
Sin niños, el silencio se rebela
y ateraza en su noche las entrañas.
Sin niños, Dios se ausenta entre la niebla
y se calla también como castigo.
En los jardines de la vieja Iglesia
junto a los niños he llorado en serio.
