Es otoño y el río dócilmente
carga sobre su piel de cristal sucio
hojas que fueron lenguas de la brisa.
La tersa luz de su verdor de abril
se ha quedado en el tiempo.
Hoy replegada, hojas, barcas, tristes
corazones marchitos, desmayados,
navegan su cansancio de vivir.
Ante ellas escribo mis temores:
Temo por el amor, está en peligro
de envejecer el corazón del Hombre.
Acaso encuentre algún metal sumiso
que riegue sus arterias fríamente,
pero el amor se nutre de lo eterno.
Temo por el amor: y llamo al hombre
a que deje de ser miedo de niños,
quebranto de vasijas femeninas
devorador de estrellas apagadas.
Temo por el amor y me permito
indicar primaveras infinitas
en el rostro de Dios, amor eterno.
