“Padre mío; por qué abandonaste”
Y el Padre no responde. Todavía
queda en tu cuerpo sangre de agonía
para regar el árbol que plantaste.
El árbol de la cruz, duro contraste
que conjuga la noche con el día.
Huímos del dolor, y la alegría
está en ese dolor que fecundaste.
El dolor culminó tu amor divino
que sólo en el patíbulo florece
para enseñarnos a morir, muriendo.
Soy un hombre, Señor, un peregrino
hacia el amor que alimenta y crece.
Si el amor es sufrir, viva sufriendo.