Padre, lo que más te agradezco es
el asombro: este mirar con ojos positivos
la forma confidente de los seres;
este leer en su verdad oculta
los versos de tu Nombre;
este salir de mi para encontrarme
salvando amaneceres.
Lo que más te agradezco es este gozo
de saber que me amas;
que todas las acequias de mi vida
terminan en tu mar y me sumergen
en éxtasis de luz embriagante.
Abierto estoy, Señor, y Tú me llevas
de flor en flor libando tus ternuras.
Hasta las sombras frías que me cercan
presagian crecimiento
porque, detrás de su verdad arisca
se purifica mi fidelidad.
Por eso, Padre, nunca me consientas
huir a la tristeza:
alúmbrame por dentro con tus besos
de sangre redentora.
Asómbrame con tu cariño loco
asumiendo la cruz que me redime.
Y déjame quedar activamente
con el asombro de llamarte Padre.
