En tu carne de Virgen silenciosa
puso Dios el calor de su mirada.
Quedó la primavera consumada
y tu luz inocente se hizo rosa.
Rosa de Dios abierta y generosa
para dar tu hermosura inmaculada.
Cautivaste al Amor. Y en tu morada
quedó encarnada su Palabra hermosa.
Tus pétalos temblaban de alegría
y tu savia de rosa se decía:
“¡Cómo yo, cómo yo, para ser luna…?”
Pero Dios, en tu carne prisionero,
dijo gozosamente: “Porque quiero
libar tu rosa y habitar tu cuna”
(A Nuestra Señora del Rosario, Virgen Rosa)