“Como el Padre me amó, Yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor…” (San Juan, 15,9)
Apenas se da cuenta
el Hombre
de que Dios va a reparar
en sus manos.
Y Dios se lo recuerda cada vez que otras manos,
en otro tiempo como las suyas,
sólo desean
la caricia de un bastón
de anciano;
cada vez que otros ojos,
nublados por la ceniza del tiempo,
son heridos
por el fulgor que les hechizaba;
cada vez que otros pies, anhelantes de reposo,
vacilan al caminar
y renuncian a la urgencia de la velocidad metálica;
cada vez que otro corazón,
que también fue feliz hoguera,
da su último y definitivo latido
en este mundo.
Pero el Hombre
apenas se da cuenta.
Aquel día final su conciencia impregnada por la luz divina,
se erguirá como una lanza
y le obligará a contemplar
sus manos de sembrador
sobre los diez surcos de su vida
preguntándole: “¿Dónde está tu trigo?”
Entonces sólo hallará la paz
si puede contestar.