La Esperanza, Madre, anidó en Ti como en un nido cálido.
Sola salvaste, más de una vez, la Esperanza.
Te hirió el misterio, Te hirió la Noche, Te hirió el desvelo,
pero salvaste la Esperanza.
Se refugió en Ti la Esperanza,
cuando todos, hasta los amigos de tu Hijo,
la abandonaron ultrajada.
¡Cómo no invocarte “Esperanza nuestra”?
Eres doctora en Esperanza, porque eres doctora en fe y en amor.
Te fías de Dios a ojos vacíos…
Te alzas a volar con Dios en cualquier tormenta.
Te dejas manuscribir por Dios sin entender su letra.
Tu Esperanza en su Palabra Te basta para hacer caminos.
En la Esperanza se nutre tu paz interior,
tu mansedumbre, tu silencio, tu música…
María, Madre de la Esperanza y Esperanza nuestra,
sosiéganos en tu sabiduría de que Dios no falla;
impúlsanos a la creatividad
en la certeza de que Dios nos asiste;
haznos partícipes de la dicha de esperar
la felicidad inacabable.
(“Santa María, Esperanza nuestra. Ruega por nosotros”)