“Yo, diminuta materia pensante,
yo, chispa de eternidad sobre las alas impalpables del espíritu,
he pronunciado cordialmente dos palabras: PADRE, HERMANOS”.
Yo no he sabido más;
pero mi dolor
pronunciaba estas palabras
y también las pronunciaba
mi alegría.
Yo, Señor, Te he amado
en todas
y sobre todas las cosas.
Esta ha sido mi burla muchas veces,
porque se reían de mí los hombres cuando,
jubilosamente,
traducía el idioma
de las flores y de las mariposas,
de los leones y de las liebres
al Amor.
Yo notaba en la hondura del ser
tu latido.
Saboreaba que todos los seres,
encendidos por tu mirada cálida,
eran versos
del magno poema
de tu Creación.
Versos inéditos, hasta que
nosotros los hombres,
con mirada receptiva,
contemplativa,
asimiladora, aprendiéramos a decir
“GRACIAS”.
Yo he dicho, digo
“GRACIAS, AMOR”.
Yo he editado, edito
el poema de tu creación.
Te he amado, Señor,
he aquí fecundo el surco central de mi vida:
AMARTE.