Tampoco se halla estéril mi segundo surco.
Yo, Señor, al pronunciar DIOS,
he sentido un cálido galope en mi sangre
y una filial seguridad
en las columnas de mis huesos.
Tu Nombre
brizaba mi sueño,
Tu Nombre
erguía mi trabajo.
Era la raíz de mi alegría
tu Nombre.
Y tu Nombre
me resucitaba en el dolor.
Ahora mismo
tu Nombre
alimenta la carne de mi palabra para hablarte.
Ceñido por tu Nombre
Te pronuncio,
Te noto,
Te declamo,
Te manuscribo.
Y sé que no eres flor de mi sueño o de mi grito,
sino Presencia
que me hospeda,
que me escudriña,
que barre mis sombras.
Yo, Señor, inundado de tu Nombre-Luz,
veo,
me dejo invadir por los colores,
en feliz abandono
de ser viviente.
Y ahora, Señor,
que reparas cálidamente en las
manos de mis labios,
invoco tu Nombre
para que me entronices
en la alegría perpetua
de pronunciar primaveralmente
tu Nombre,
para que me envuelvas
con el abrazo amorosísimo de
tu Nombre.
No tomé
tu Nombre
en vano;
está pleno de vida en mí
TU NOMBRE.