1/3/22

CUANDO REPARE DIOS EN LAS MANOS DEL HOMBRE III

 



 





Y aquí están las granadas espigas de mi tercer surco:

cada semana, cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo,

busqué paréntesis de reposo

para respirar en la hondura eterna

de tu aire.

 

Supe hacer fiesta,

fui domingo

en la mirada contemplativa

al horizonte vestido de hierba,

en la estancia silenciosa y feliz

en el regazo de las montañas;

me estremecí

con el amplísimo abrazo

del mar.

 

Tus arroyos, de larguísima sonrisa,

me envolvieron

en gratitud libérrima

de fiesta.

 

Y, en el vértice de mi alegría,

tu Presencia real

en el misterio insondable de Amor:

la Eucaristía.

 

Juntos ofrecimos la Eucaristía:

Tú encendías la plenitud del acercamiento a mi pobre ser

cuando mis labios Te ofrecían

el calor de mi palabra-carne,

mi protopalabra.

 

Tú te vertías en mí,

me poseías,

me agrandabas hasta dar a mi corazón nuevas dimensiones

para querer con tu cariño.

 

Y cantaba, yo cantaba la fraternidad,

la convivencia,

la intercomunicación,

la interpresencia de hermanos en tu Sangre.

 

Yo, minúsculo ser, me arrodillaba ante Ti no con temblor servil,

sino con el estremecimiento embelesado

de tu Madre Santísima

envolviéndote,

nutriéndote,

creciéndote

cuando Niño.

Porque Tú, Dios mío,

en mis manos de sacerdote,

te dejabas dócilmente

envolver,

nutrir,

crecer,

querer,

hasta hacerme fiesta de amor

en tu perpetuo domingo.

 

Santifiqué profundamente las fiestas.