Y aquí están las granadas espigas de mi tercer surco:
cada semana, cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo,
busqué paréntesis de reposo
para respirar en la hondura eterna
de tu aire.
Supe hacer fiesta,
fui domingo
en la mirada contemplativa
al horizonte vestido de hierba,
en la estancia silenciosa y feliz
en el regazo de las montañas;
me estremecí
con el amplísimo abrazo
del mar.
Tus arroyos, de larguísima sonrisa,
me envolvieron
en gratitud libérrima
de fiesta.
Y, en el vértice de mi alegría,
tu Presencia real
en el misterio insondable de Amor:
la Eucaristía.
Juntos ofrecimos la Eucaristía:
Tú encendías la plenitud del acercamiento a mi pobre ser
cuando mis labios Te ofrecían
el calor de mi palabra-carne,
mi protopalabra.
Tú te vertías en mí,
me poseías,
me agrandabas hasta dar a mi corazón nuevas dimensiones
para querer con tu cariño.
Y cantaba, yo cantaba la fraternidad,
la convivencia,
la intercomunicación,
la interpresencia de hermanos en tu Sangre.
Yo, minúsculo ser, me arrodillaba ante Ti no con temblor servil,
sino con el estremecimiento embelesado
de tu Madre Santísima
envolviéndote,
nutriéndote,
creciéndote
cuando Niño.
Porque Tú, Dios mío,
en mis manos de sacerdote,
te dejabas dócilmente
envolver,
nutrir,
crecer,
querer,
hasta hacerme fiesta de amor
en tu perpetuo domingo.
Santifiqué profundamente las fiestas.