3/3/22

CUANDO REPARE DIOS EN LAS MANOS DEL HOMBRE IV

 



 

Mi cuarto surco ha fructificado casi solo.

Tú lloviste sobre él

las aguas del instinto - padres, hijos -.

A mí me bastaba abrir los ojos y contemplar

el río de nuestra sangre en cauce hondo.

¿cómo cortar su cálida corriente?

 

He agradecido

su arcilla cariñosa a mis progenitores.

Y mi agradecimiento

crecía en presencia envolvente para ellos,

en detalles de cariño,

cuando ellos decrecían

en el otoño de su ser físico.

 

Yo recogía,

besaba

las hojas caídas de su árbol

que en el verano maduro de la edad

fructificó mi ser.

 

Yo arropaba

su mirada perdida en la nostalgia

donde anidaban pájaros de ensueño.

 

Ellos eran en mí

gozo de prolongación,

primavera salvada en fertilidad palpable.

Ellos eran

mi yo antiguo dándome raíces;

yo era la copa, el vértice de su árbol, la tierna rama

que sube en busca de alojamiento

en las estrellas. 

 

Y, cuando ellos

ya no podían nutrir mi necesario crecimiento,

suavicé las aristas de nuestra separación

mirándoles,

albergándoles en mi sonrisa filial,

garantizándoles con mi palabra, con mis manos con mis pies, con mi cerebro,

un hogar eterno de cariño.

 

Y he agradecido

su invisible paternidad

a todos mis educadores: desde los catedráticos de la Universidad,

cuyas alas científicas alzaban

mis gramos de tierra a tus mansiones,

hasta mi profesor de auto-escuela

que convirtió en dócil siervo mío al utilitario

 

¿Recuerdas, Señor, a aquel viejo maestro

que balbuceaba llorando palabras de agradecimiento

por mi presencia en su homenaje?

Se hicieron anchos y dorados

los pocos días de vida que le quedaban

entre nosotros.

 

Y yo, cuando ellos se iban,

también moría un poco

como mueren las huellas recientes con el chaparrón.

Me iba arrancando de las cosas

para irme con ellos

cuando ellos se iban Contigo.

Y resucitaba esperándoles en la mansión de

tu promesa.

 

Tu cuarta llamada se ha hecho fácilmente en mí

surco de amor.