Mi cuarto surco ha fructificado casi solo.
Tú lloviste sobre él
las aguas del instinto - padres, hijos -.
A mí me bastaba abrir los ojos y contemplar
el río de nuestra sangre en cauce hondo.
¿cómo cortar su cálida corriente?
He agradecido
su arcilla cariñosa a mis progenitores.
Y mi agradecimiento
crecía en presencia envolvente para ellos,
en detalles de cariño,
cuando ellos decrecían
en el otoño de su ser físico.
Yo recogía,
besaba
las hojas caídas de su árbol
que en el verano maduro de la edad
fructificó mi ser.
Yo arropaba
su mirada perdida en la nostalgia
donde anidaban pájaros de ensueño.
Ellos eran en mí
gozo de prolongación,
primavera salvada en fertilidad palpable.
Ellos eran
mi yo antiguo dándome raíces;
yo era la copa, el vértice de su árbol, la tierna rama
que sube en busca de alojamiento
en las estrellas.
Y, cuando ellos
ya no podían nutrir mi necesario crecimiento,
suavicé las aristas de nuestra separación
mirándoles,
albergándoles en mi sonrisa filial,
garantizándoles con mi palabra, con mis manos con mis pies, con mi cerebro,
un hogar eterno de cariño.
Y he agradecido
su invisible paternidad
a todos mis educadores: desde los catedráticos de la Universidad,
cuyas alas científicas alzaban
mis gramos de tierra a tus mansiones,
hasta mi profesor de auto-escuela
que convirtió en dócil siervo mío al utilitario
¿Recuerdas, Señor, a aquel viejo maestro
que balbuceaba llorando palabras de agradecimiento
por mi presencia en su homenaje?
Se hicieron anchos y dorados
los pocos días de vida que le quedaban
entre nosotros.
Y yo, cuando ellos se iban,
también moría un poco
como mueren las huellas recientes con el chaparrón.
Me iba arrancando de las cosas
para irme con ellos
cuando ellos se iban Contigo.
Y resucitaba esperándoles en la mansión de
tu promesa.
Tu cuarta llamada se ha hecho fácilmente en mí
surco de amor.