La quinta: No matarás.
Señor, ¿Cómo iba a matar?
No podía pintar de rojo
las calles, las casas, los árboles, las montañas…
No podía hundir en el abismo
ese río misterioso - la sangre - que fluye de tu manantial.
No he matado, Señor,
ni con la invisible lanza del pensamiento,
ni con la flecha envenenada de la palabra,
ni con el hacha burda de la obra.
Preferí sufrir ocultamente
antes que hacer sufrir
al hermano.
Porque logré ser
enterrador de disgustos
y aprobé, con matrícula de honor, la asignatura
de inventar alegrías.
Aprendí a leer
en los ojos de los demás
las flores nacidas y no nacidas pero existentes
de sus valores.
Y me ponía contento,
gritaba primaveras de alegría,
cuando, en algún rincón olvidado de su alma,
descubríamos juntos
tesoros de su ser.
Otra vez Te invito a recordar, Señor,
los ojos novísimos de aquella chica de quince años,
en quien barrí la pesadumbre adolescente,
cuando, con timidez de nieve,
se atrevió a entregarme
sus primeros versos.
Yo, en su presencia, los leí,
los releí,
saboreé su declamación
y ella descubrió de repente
la bandada de ruiseñores
que volaban desde mis labios, dichosos,
entusiasmados.
Ella, de la mano de mi gozo, encontró la posible
plenitud de su existencia:
su palabra clara,
su verso profundo, todavía inédito,
la mejor sangre que soñó desde niña:
ella era, es poetisa.
Tal fue su agradecimiento hacia mí
que se pronunció en un poema de intimidad adolescente
y madurez de ochenta años:
“Te estimo, amigo,
porque tomaste las cenizas de mis penas
y, juntas todas ellas,
las soplaste y esparciste
fuera de mis contornos”.
He amado, Señor, he amado mucho.
Blanca es la harina - alma del trigo -
de mi quinto surco