3/3/22

CUANDO REPARE DIOS EN LAS MANOS DEL HOMBRE V

 






La quinta: No matarás.

Señor, ¿Cómo iba a matar?

No podía pintar de rojo

las calles, las casas, los árboles, las montañas…

No podía hundir en el abismo

ese río misterioso - la sangre - que fluye de tu manantial.

 

No he matado, Señor,

ni con la invisible lanza del pensamiento,

ni con la flecha envenenada de la palabra,

ni con el hacha burda de la obra.

 

Preferí sufrir ocultamente

antes que hacer sufrir

al hermano.

 

Porque logré ser

enterrador de disgustos

y aprobé, con matrícula de honor, la asignatura

de inventar alegrías.

 

Aprendí a leer

en los ojos de los demás

las flores nacidas y no nacidas pero existentes

de sus valores.

 

Y me ponía contento,

gritaba primaveras de alegría,

cuando, en algún rincón olvidado de su alma,

descubríamos juntos

tesoros de su ser.

 

Otra vez Te invito a recordar, Señor,

los ojos novísimos de aquella chica de quince años,

en quien barrí la pesadumbre adolescente,

cuando, con timidez de nieve,

se atrevió a entregarme

sus primeros versos.

Yo, en su presencia, los leí,

los releí,

saboreé su declamación

y ella descubrió de repente

la bandada de ruiseñores

que volaban desde mis labios, dichosos,

entusiasmados.

Ella, de la mano de mi gozo, encontró la posible

plenitud de su existencia:

su palabra clara,

su verso profundo, todavía inédito,

la mejor sangre que soñó desde niña:

ella era, es poetisa.

Tal fue su agradecimiento hacia mí

que se pronunció en un poema de intimidad adolescente

y madurez de ochenta años:

“Te estimo, amigo,

porque tomaste las cenizas de mis penas

y, juntas todas ellas,

las soplaste y esparciste

fuera de mis contornos”.

 

He amado, Señor, he amado mucho.

Blanca es la harina - alma del trigo -

de mi quinto surco