Y labrados están
en carne dolorida
el sexto y el noveno surcos.
Todavía derramo
gotas ascéticas de sudor y de sangre
para fertilizarlos.
Arranqué las hierbas que brotó
la imaginación de mi adolescencia.
Gasa de nube,
impedí que los rayos destructores
del sol de la pasión
ahogaran en su fuego la tierna planta
del amor.
He sabido amar
en ese difícil y sacrificado amor
entre hombre y mujer.
Supe que la vida afectiva y la vida sexual, tan ultrajadas,
eran maravillas tuyas,
delicadas flores que, a cualquier soplo de lujuria,
morían.
Y Te dije “gracias”
por la luz hermosa de los ojos de la mujer,
por la forma de su cuerpo, cálida cuna para tus amigos
los niños.
Pero sufrí mucho
cuando alguien jugaba con el corazón de la mujer
como con una pelota juega
un perro;
y cuando la misma mujer
alquilaba la cuna de su maternidad
para guarida de reptiles.
Sufrí para labrar con detalle
mi sexto y noveno surcos;
pero aquí está su fruto: mis hijos.
Tengo muchos hijos niños
que reflejan su sonrisa
de amor.