5/3/22

CUANDO REPARE DIOS EN LAS MANOS DEL HOMBRE: CONCLUSIÓN

 


 

Ya sólo me falta darte cuenta de un surco:

el labrado con mi palabra.

Mi palabra, efusión de mi carne,

enlazó mi vida con tu Vida y con sus vidas

en la amistad.

 

Sí, he pronunciado la palabra “amigo”

hasta los límites de convertirla en tópico. Pero Tú sabes, Señor,

que nunca ha sido tópico en mis labios.

 

Siempre dije: “Amigo”

y me sentí feliz al intercambiar nuestra sonrisa.

Y he llorado - sin advertirlo ellos -

por mis amigos.

 

Les he guardado secreto

para curar sus llagas

ocultamente.

 

Porque mi palabra, Señor,

nunca fue falsa, enmascarada, hipócrita;

nunca fue sepulcro blanqueado;

mi palabra pronunciada “pan”

y respondía una hogaza reciente de mi ser;

pronunciaba “vino”

y respondía la bodega con solera de vino añejo

de mis más íntimo júbilo comunicativo.

 

Y mi palabra, Señor, a veces

se hizo verso,

tan verdadero,

tan necesario,

que los niños jugaban calentados por su lumbre

y hasta algunos mayores, enfermos

de cálculo acerado,

se pusieron a excavar en sus entrañas

y descubrieron jardines inéditos

y pájaros queriendo nacer.

 

He hablado, Señor,

para decirme vivo,

para ser viviente interlocutor

de vida.

 

He hablado, Señor, rezando

para beber de Tu Vida,

para embriagarme de Ti

y verterme a los demás

en mi palabra.

 

Fui amigo como Tú deseabas

y logré crear amistad

florecida en amigos.

Helos aquí, ahora, testigos en mi defensa:

están todos los que se cruzaron en mi camino.

 

Señor, ya no tengo más frutos en mi parcela, pero

ni un solo milímetro

es estéril porque

hasta los labios poéticos de mis amapolas espontáneas

besan Tu Rostro.

 

Hasta mis pecados, mis defectos, mis límites,

como gusanillos en el leño seco de mi existencia,

han ardido,

están ardiendo conmigo para quererte

en el Hogar de tu Amor.

 

Escribí

con sangre

y con sangre enamorada y dichosa

rubrico

el libro

de mi vida.

 

Sólo esta respuesta

donará la paz

al hombre,

porque sus manos rebosarán

plenitud,

los surcos de su parcela

habrán sido fecundos

en lo único que da fecundidad:

el amor.

 

Gozará, entonces,

de la sonrisa de Dios

que rocía el poema de su vida

en la eterna mañana.