Y mira mis surcos séptimo y décimo
en vigor primaveral
todavía.
No han madurado, pero no tuve la culpa:
yo
he muerto de hambre
con los niños de la India y con los de Biafra, Nigeria…;
está señalado en mi piel negra
el látigo del azote histórico;
muchacha adolescente de doce años, caí en las redes
de la trata de blancas;
anciano desamparado, sin hijos o
con hijos ausentes de su sangre,
he buscado en vano
un hogar exento de palabras hirientes
y de miradas calificándome de estorbo;
obrero de manos encallecidas, he contemplado
desde mi chabola
la estatura arrogante de los edificios que construí;
y más y más cárceles, nutridas de inocencia,
he tenido que padecer;
pero están maduros
mis séptimo y décimo surcos:
querría haber muerto de hambre
más veces;
haber sufrido la humillación de que el tendero no aceptase
la moneda legal de mis manos negras
más veces;
haber sentido el horror del prostíbulo
más veces;
haber mendigado un trozo de hogar
con mis pasos temblorosos de anciano
más veces;
haber sentido el menosprecio, la minusvaloración
de mis manos obreras
más veces:
toda la infinidad de veces que se clavaron, que se clavan
estas lanzas
en tu corazón.